El pisto que se esfuma · Capítulo 2
Aunque ganes en dólares, el dólar también se gasta
El dólar ordenó el día a día. No es, por diseño, un ahorro de décadas.
En 2001 El Salvador adoptó el dólar estadounidense como moneda. Para quien vivió la incertidumbre de antes, eso no fue un detalle: fue poder cobrar y pagar con una unidad que el resto del mundo ya usaba.
El dólar sigue siendo la moneda del mercado, del alquiler y de la remesa. Este capítulo no viene a negar eso. Viene a separar dos trabajos distintos.
Una moneda de todos los días tiene que ser estable en el corto plazo, aceptada en la tienda y fácil de dar en vuelto. Una moneda de ahorro tiene que conservar, durante muchos años, el esfuerzo que metiste en ella.
El dólar hace bien el primer trabajo. El segundo lo hace peor de lo que la costumbre nos deja ver, porque la pérdida es lenta. No hay un martes en que amanezca el billete partido a la mitad.
Hay una década en la que la misma cena cuesta el doble y nadie señala un culpable en la mesa.
Quién estira la unidad
El dólar no lo emite El Salvador. Lo emite un sistema lejano, con sus propias emergencias, sus propias guerras y sus propias elecciones.
Cuando ese sistema crea más dólares para resolver un problema de allá, el poder de compra de los dólares que ya existen —los tuyos, los de tu madre, los de la remesa— se reparte entre más billetes. Vos no votaste esa decisión.
Tampoco te avisaron con una carta. Simplemente, al año siguiente, el quintal y la consulta médica piden más.
El billete no cambió de cara.
Cambió de fuerza.
Guardar dólares debajo del colchón no es neutro. Es aceptar una regla que se encoge en silencio.
No hace falta odiar al dólar para ver el límite. Sirve para el pasaje, para la pupusa de hoy y para no depender de una moneda local que un gobierno pueda romper de un plumazo.
No sirve igual para el ahorro que pensás dejarle a un cipote dentro de quince años. Usar la herramienta correcta para cada trabajo es de gente práctica, no de fanáticos.
La inflación no pide permiso
La palabra inflación suena a noticiero. En la casa se llama de otra forma: el mismo sueldo, la misma ruta, y el mercado que ya no cierra.
Aunque la inflación oficial de un año se vea “bajita”, el efecto compuesto durante una vida de trabajo no es bajito. Un dos o un tres por ciento anual, repetido, se come una tajada enorme de lo que creíste estar guardando.
Y eso sin contar los años en que el número oficial se dispara.
Estable en la semana no es lo mismo que honesto en la década.
Por eso el plan de este libro no es “salir del dólar”. Es dejar de usar el dólar como alcancía de largo plazo. Cobrá en dólares si así te pagan. Pagá la luz en dólares si así te la cobran.
La parte que no necesitás este mes —la que es tiempo guardado— merece otra regla: una que nadie pueda diluir votando en otra capital.
«Lo tengo seguro: está en dólares».
Seguro de robo, no de derretirse.
El efectivo esconde dos riesgos distintos. Uno es que te lo quiten. El otro es que siga ahí y valga menos.
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Armando las hojas…