El horizonte · Capítulo 21
Si el mundo solo usara bitcoin
Un ejercicio de unidad de cuenta, no una promesa de paraíso. Qué cambiaría y qué seguiría siendo humano.
Cerramos con una pregunta grande a propósito. No porque el mundo vaya a amanecer un lunes cotizando todo en satoshis, sino porque solo se entiende una unidad cuando uno se atreve a imaginarla como la única.
Supongamos, como ejercicio, que bitcoin fuera la unidad de cuenta del planeta: salarios, pupusas, alquileres, deudas, remesas e impuestos se nombran en sats.
El dólar queda como reliquia de museo, al lado de otras monedas que un día también parecieron eternas.
Lo que se volvería simple
El ahorro dejaría de ser una especialidad. Si la unidad no se puede diluir por decreto, guardar deja de ser una pelea contra la regla y pasa a ser una pelea solo contra tu propio gasto.
La remesa dejaría de cruzar un corredor de comisiones como si el trabajo de tu hermano fuera sospechoso: sería un mensaje con escasez, de una llave a otra.
Los precios, al principio, sonarían raros —una horchata en cientos o miles de sats— y después sonarían a normalidad, como sonó el dólar cuando el colón dejó de ser la cuenta de todos los días.
La transparencia del libro sería mundial de verdad. Un Estado podría cobrar impuestos, si la ley lo manda y la gente declara, pero le costaría más inventar unidades en silencio para tapar un hoyo.
La escasez programada haría visible el costo de las promesas: lo que se gasta en un lado se deja de gastar en el otro, sin la magia de la planilla que se alarga.
Ni dólares, ni colones.
¿Cuántas horas de quién hay en este plato?
La unidad de cuenta honesta no es la que suena familiar. Es la que no le miente a la hora trabajada.
Lo que no se arregla solo
El maíz seguiría dependiendo de la lluvia. El queso, de la vaca y del camino. Un mal gobierno seguiría siendo un mal gobierno, solo que sin la herramienta de licuar la deuda por la puerta de atrás.
Y eso último es un costo que hay que decir en voz alta: en un mundo de dinero duro, el endeudado no se salva con inflación. La deuda pesa. Quien firmó de más lo siente de más.
Una transición así, si alguna vez ocurriera, tomaría décadas y dejaría gente lastimada en el camino, sobre todo a quien debe y cobra en unidades distintas durante el cambio. No es un cuento de hadas. Es un trueque de problemas.
Tampoco desaparece el robo, ni la estafa, ni la semilla perdida. Un planeta que cuenta en sats sigue lleno de personas que se apuran, que confían en el sobrino equivocado y que quieren el atajo.
La tecnología de la unidad no sube el carácter. Solo le quita a la unidad la coartada.
No va a pasar el lunes.
Por eso mismo conviene entenderlo un domingo.
El ejercicio sirve para elegir cómo ahorrás ahora, no para esperar el decreto del planeta.
Mientras tanto, la quincena
No necesitás el mundo entero para usar la idea. Te alcanza con una vasija propia, al lado del dólar que sigue pagando la luz. Apartá de a poquito. Comprá por la puerta que puedas explicar. Retirá a una cartera fría de código abierto.
No hagas trading. Si tu barrio arma un círculo, que sea con Lightning y con paciencia, como en la playa o en la montaña, no como un club. Agradecé que El Salvador haya puesto el tema sobre la mesa, y no le entregues a esa mesa tus llaves.
El dinero es tiempo. El tiempo que ya entregaste no merece una unidad que otro puede estirar.
Bitcoin es la herramienta más seria que tenemos para negarnos a ese estiramiento, con reglas abiertas, con un libro que empieza en el día uno y con un tope que no pide permiso para existir.
Lo demás —el precio de este mes, el titular, el aparato que hace ruido al lado del ventilador— es secundario.
Hermano, ahorrá. No para volverte otro. Para que la hora que ya trabajaste siga siendo tuya cuando la vida te la cobre de vuelta.
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Armando las hojas…